Cerrar por dentro y otras formas de no romperse

[object Object]

Hay una especie de mandato silencioso que obliga a mantenerse presente, con el gesto adecuado y la opinión preparada, como si la visibilidad fuera en sí misma un compromiso. No basta con hacer las cosas, hay que parecer que las haces. No basta con sostener, también hay que contarlo, justificarlo, compartirlo. Y no de cualquier manera: con ironía fina, con perspectiva, con estrategia. Siempre un paso por delante, incluso si vas arrastrándote por dentro.

Hay días que no me apetece decir nada. No porque no tenga cosas que decir, sino porque siento que ya las he dicho todas y nadie escucha. Y aun así, aquí estoy, intentando juntar palabras para cerrar el año. Como si hubiese que cerrarlo. Como si fuera posible.

Lo fácil sería fingir alegría, lanzar un mensaje motivador y decir que 2026 nos va a encontrar más fuertes, más sabias, más organizadas, pero sería mentira. Lo cierto es que 2025 me ha dejado cansada. No quemada, no rota, pero sí cansada. Como si todo lo que he sostenido —militancias, afectos, trabajos, papeles, agendas, horarios, ansiedad— me estuviera ahora pasando factura, en silencio.

Lo curioso es que este cansancio no siempre se nota. No tiene forma de agotamiento físico ni se cura con un fin de semana sin reuniones o un día entero sin salir de la cama. Es más sutil, más persistente, como una humedad que se cuela por las rendijas de lo cotidiano: en las respuestas que no das, en los mensajes que dejas sin leer, en la sensación de que todo lo haces tarde o a medias, en el cuerpo que empieza a doler sin motivo claro y en el pensamiento que se te escapa mientras fijas la vista en algo que no estás viendo. Es un cansancio que no se puede explicar fácilmente, pero que pesa como si llevaras meses cargando con algo que no se ve y del que no puedes desprenderte.

Y lo peor no es estar cansada. Lo verdaderamente agotador es sentirse culpable por estarlo, porque hay una parte de ti que repite que no te puedes permitir parar, que hay que estar a la altura, que hay gente contando contigo, que si tú no haces esto, nadie lo hará, que no estás tan mal, que hay otras peor, que al menos tienes trabajo, que tú elegiste este camino. Y sí, lo elegí. Pero una cosa es elegir y otra muy distinta es no poder soltar nunca.

Porque esto no es solo agotamiento laboral ni desgaste emocional puntual. Es un tipo de agotamiento que tiene que ver con lo que se espera de ti como mujer, como adulta responsable, como persona comprometida, como esa que siempre resuelve, que aguanta, que no dice que no, que está para todo. Que no enferma, que no se queja, que no interrumpe el ritmo. Que está bien. 

Y cuando fallas —porque claro que fallas— lo haces en silencio, con discreción, intentando no molestar demasiado, pidiendo disculpas por no llegar o agradeciendo que nadie se haya dado cuenta, porque en este sistema, si reconoces que estás cansada, corres el riesgo de parecer débil; y si eres débil, dejas de ser útil; y si no eres útil, te reemplazan. O peor aún: te compadecen. Así que sigues. Y de tanto seguir, se te olvida por qué empezaste.

Ese es el problema: que este cansancio no es individual. Se nos carga de compromiso hasta que pesa, y al primer titubeo se cuestiona nuestra entrega. Como si estar implicadas nos obligara a ser incansables, como si cansarse fuera una traición.

La verdad es que no todo el mundo puede parar. A algunas se nos exige estar siempre: visibles, disponibles, al día. Y cuando el cuerpo dice basta o la cabeza empieza a desbordarse, lo que aparece no es comprensión, sino una decepción muda. Nadie lo dice, pero se nota. Como si hubieras roto un pacto implícito, uno que nadie firma pero muchas cargamos encima desde que aprendimos a «no fallar».

Lo más frustrante es que ni siquiera hace falta una gran caída para sentirlo. Basta con ausentarse una semana, dejar un mensaje sin contestar, decir que no a una propuesta o no tener ganas de comentar una noticia. No se necesita más para que empiece a pesar esa mirada ajena que interpreta el cansancio como desinterés, y el silencio como abandono.

Y claro que hay quien se cansa y descansa. Que puede permitirse bajar el ritmo sin que nadie lo cuestione, que apaga el móvil, desconecta y vuelve cuando le apetece, pero hay otras que no. Que saben que si se detienen, todo lo que sostienen se queda en el aire. Que han aprendido a seguir sin ganas, a rendir sin dormir, a sonreír sin estar bien.

Ahí es donde deja de ser algo individual. No estamos hablando solo de cansancio. Hablamos de una forma de desigualdad que rara vez se señala: la de quién tiene derecho a parar sin justificarse. La de quién se puede permitir no estar.

Estar. Qué verbo tan agotador.

Estar en redes, estar en la reunión, estar informada, estar disponible, estar lúcida, estar comprometida. Estar bien incluso cuando no lo estás.

Hay una especie de mandato silencioso que obliga a mantenerse presente, con el gesto adecuado y la opinión preparada, como si la visibilidad fuera en sí misma un compromiso. No basta con hacer las cosas, hay que parecer que las haces. No basta con sostener, también hay que contarlo, justificarlo, compartirlo. Y no de cualquier manera: con ironía fina, con perspectiva, con estrategia. Siempre un paso por delante, incluso si vas arrastrándote por dentro.

Esa presión no siempre viene de fuera. A veces se instala dentro, y una misma se convierte en jefa, juez y cronista de su propia productividad. Te revisas los silencios, los tiempos, la forma en que has dicho o no has dicho algo, la intensidad con la que respondes, el número de cosas que has dejado pendientes. Y todo se convierte en un balance de lo que has aportado, de lo que deberías estar haciendo mejor.

En ese juego, el cansancio no se nota. Porque lo camuflas bien. Porque sabes lo que se espera. Porque llevas años aprendiendo a no desaparecer del todo. Y porque sabes que, aunque estés agotada, siempre puedes hacer un último esfuerzo más.

Pero cada vez cuesta más. No estar, sino seguir aparentando que puedes con todo. Y en ese desgaste silencioso, lo que se pierde no es la energía, es el deseo.

A veces todo se resume en un gesto tan mínimo que hasta parece ridículo: mirar el móvil en modo avión y no quitarlo. No por olvido, sino por decisión. O responder con un «no llego, lo siento» y no justificarlo. O no abrir el documento que sabes que deberías haber revisado, y asumir que ese «deberías» no puede pesar más que tu cuerpo cansado. Son cosas pequeñas, casi invisibles, pero tienen algo de insumisión silenciosa. Como si en ese gesto de no hacer, de no estar, de no responder, dijeras: basta.

Y no es una renuncia. No es un «me voy». Es un «no puedo ahora». O, más exactamente: «no quiero así». Porque cuando todo te empuja a estar siempre presente —emocional, digital, políticamente presente—, decidir no estar un rato es casi un acto revolucionario. No responder, no producir, no opinar. No complacer. No explicarse. No salvar nada ni a nadie por un momento.

Eso también es político. Y cuesta reconocerlo, porque venimos de espacios donde la entrega se valora más que la sostenibilidad, donde el compromiso se mide en horas, en actos, en publicaciones, en presencia. Donde descansar todavía se mira con sospecha. Como si cuidarse una misma fuera un lujo que debiera venir después, cuando ya esté todo resuelto. Spoiler: nunca lo está.

Así que sí, parar es también decir algo. Aunque no lo digas en alto. Aunque solo tú lo sepas. Aunque nadie te aplauda por ello. Hay semanas en las que no hacer es la única forma de no romperse.

No todo tiene que resolverse ahora, ni todo tiene que decirse hoy. Hay palabras que necesitan silencio antes de volver a salir con sentido. Y hay cuerpos —como el mío, como el de tantas— que necesitan una pausa que no se pueda medir en horas de sueño ni en días de vacaciones.

Cerrar el año no es solo una excusa de calendario. Es una forma de poner un punto y aparte. De decir: hasta aquí. No porque ya esté todo dicho, sino porque seguir hablando sin pausa acaba vaciando las palabras. Y porque a veces, parar no es desaparecer, es conservarse.

Quizás algunas personas puedan entregarse sin límite, estar siempre, responder a todo, sin agotarse nunca. Yo no, y sospecho que muchas de las que me leen tampoco. Así que esto no es un adiós ni una declaración solemne. Es simplemente un momento de silencio elegido. Una decisión tranquila de no forzar lo que ahora mismo no nace con claridad.

Nos veremos.

Cuando el ruido baje.

Cuando las ganas vuelvan.

Cuando el cuerpo lo permita.

Hasta el año que viene.

También te puede interesar

Cerrar por dentro y otras formas de no romperse

Opinión

Isoca, apuntes desde la crisálida

·

La borrasca Francis deja Andalucía anegada

sports

·

From Stadiums to Streams: How Sports Viewing Is Going Fully Digital

sports

·

Human-Machine Collaboration: The Next Evolution in Tech

tech

·

#_

Entradas relacionadas

Cerrar por dentro y otras formas de no romperse

Opinión

Isoca, apuntes desde la crisálida

·

Cerrar por dentro y otras formas de no romperse